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lunes, 17 de octubre de 2011

El poder de la mitología griega

En una ocasión, cierta persona con escasos estudios me hizo un comentario acerca de la mitología griega que me ha estado rondando la cabeza durante los seis años que han pasado desde entonces: "Mola mucho, porque tiene como un simbolismo..."

No sé si es un fondo simbólico o alegórico lo que tiene la mitología griega, o su ilimitada crudeza, que no deja lugar para la censura, pero de lo que no cabe la menor duda es del inmenso poder que ejerce en los jóvenes, sin distinción de edad o inclinaciones académicas.


Esta mañana he vivido uno de esos momentos inolvidables en la vida de un profesor. Era una clase de Lengua castellana y Literatura de 2º de la ESO. Cuando acabamos de corregir unos ejercicios de análisis morfológico, algunos alumnos me pidieron que les contara "una historia", "una leyenda". No dudé en elegir la del personaje que da nombre a este blog, un mito que lo tiene todo: amor, incesto, princesa, pretendientes, competición, engaños, maldiciones... y muertes. Tal como esperaba, conforme avanzaba el relato, no tuve que mandar callar a ninguno de ellos. Durante mis breves pausas, no se oía una mosca: sus ojos no perdían de vista los míos y viceversa, y en sus aniñados rostros, tensos, crédulos, ávidos de curiosidad, se adivinaba una incontenible impaciencia por descubrir el final de la historia. Y no sólo eso, porque faltando menos de diez minutos para el final de la clase, cuando me oyeron decir que no daba tiempo a contar la continuación de las maldiciones de Enómao y Mírtilo en Pélope y luego Layo, me pidieron, me suplicaron con denodada insistencia, que prosiguiera. Lo he vivido muchas veces con otros grupos y edades, pero lo de hoy ha sido especialmente intenso.  


Esto, es decir, que el alumno por fin se libere del chip escuela = muermo, fin de la clase = fin de la conexión, sólo ocurre con la mitología griega, que yo sepa. Y hay que aprovecharlo.

martes, 14 de junio de 2011

EL NIVEL DE LOS LIBROS DE TEXTO Y DE LOS PROFESORES

Estoy dándole clases particulares de Latín a un alumno de 4º de la ESO que estudia en un colegio privado. En su libro de texto, de la Editorial Santillana, se habla de Julio César y, cómo no, al llegar a su famosa frase Llegué, vi, vencí, los autores perpetran la metedura de pata de rigor: Vini, vidi, vici. Le explico al alumno que el pretérito perfecto de venire "llegar" no es vini, sino veni. Le animo a que lo busque en las fuentes, para que vea que llevo razón. En el examen, la profesora, eminente filóloga, como era de esperar, repite el error de latín macarrónico (que no errata), y el alumno, con toda su buena intención, le explica que "existe una teoría según la cual no es vini sino veni". Naturalmente, ella, ni corta ni perezosa, se lo tacha.

sábado, 19 de junio de 2010

CONOZCAMOS A NUESTROS PROFESORES: 1

Los profesores tienen los pies en el suelo.

CONOZCAMOS A NUESTROS ALUMNOS: 2

¿Para qué estudiar, si otros que no lo hicieron han triunfado?

CONOZCAMOS A NUESTROS ALUMNOS: 1

Perfecta recreación del sentir de un estudiante medio.

 

viernes, 11 de junio de 2010

EDUCACIÓN DE CALIDAD: 3

La quintaesencia de la LOGSE: "¡Muy bien: todos habéis ganado!"

Atención a las miradas de los niños cuando la maestra se dispone a detener la música.

La parodia, a día de hoy, ya no es una parodia.

miércoles, 28 de abril de 2010

AQUÍ NO VALE TODO

Ayer me preguntaron por enésima vez cómo podía pasar tan alegremente de algo tan "elevado" como la literatura a una cosa tan "vulgar" como el fútbol. Siempre me había ahorrado la respuesta, porque no hubiera sido precisamente breve, así que me he decidido a dejarla por escrito para la próxima vez que me pregunten.

El fútbol me gusta precisamente por lo contrario de lo que suelen decir de él: porque no es sólo un juego. Si sólo fuera eso, tendría el mismo éxito que una partida de petanca o de chapas.



No existe otro espectáculo que reúna una o dos veces cada semana en una sola ciudad a más de ochenta mil personas o que siente frente a la tele simultáneamente a cientos de millones de espectadores. Cierto es que otro tipo de espectáculos decadentes como Eurovisión y demás telebasura también congregan a las masas, pero en mi opinión lo consiguen por ese apetito por lo grotesco que con más o menos disimulo anida en todos nosotros: no conozco a nadie que no se corte a la hora de comentar, en un ambiente de cierto nivel, la actuación de este cantante moña o el argumento de aquella telenovela plasta.





Sin embargo, cuando se trata de fútbol, hay como cierto asentimiento tácito de que estamos ante una actividad de cierto fuste. Dentro del terreno de juego, las frivolidades que en los sectores rosas de la población rodeaban a ciertos jugadores y entrenadores mediáticos terminan dejando paso a los rostros tensos y concentrados, a las miradas intimidatorias, al rotulador sobre la libreta, al cálculo, a la inteligencia. Es exactamente el mismo ritual que hasta hace unas décadas precedía a las batallas.

El fútbol ha venido a sustituir a la guerra y, si alguien cree que exagero, que eche un vistazo a toda su fraseología: preparativos, enfrentamiento, lucha, ataque, defensa, armas, contrario, disparo, lanzamiento, barrera, obús, cañonazo, estrategia, táctica, destrucción, victoria, derrota, baja, perdón, salvación. Cualquiera puede pensar que son palabras, nada más, y que los redobles de tambor que escuchamos en las sintonías deportivas son sólo una evocación jocosa del cine épico. Yo prefiero pensar que el lenguaje siempre nos delata, que la música enardece igual que amansa y que estas caras son las mismas que pone el gorila que defiende su territorio o el soldado que se apunta un tanto:





Pero no ha venido a sustituirla como hicieron y hacen otras clases de espectáculos. Antaño, cuando la guerra faltaba, ese vacío se llenaba echando al prójimo a los leones o achicharrándolo en la Plaza Mayor, y todavía hoy mucha gente aburrida se entretiene viendo cómo dos gallos se desgarran a picotazos o unos tipos con trajes ceñidos acribillan a un toro hasta la muerte. Pero afortunadamente, la mayoría de los humanos nos hemos vuelto lo suficientemente civilizados como para descargar adrenalina sin necesidad de recurrir al derramamiento de sangre. Y la descarga es necesaria, si no quieres convertir tu vida en una especie de sándwich de pepino.

El fútbol, como la guerra, pone a prueba la capacidad de superación del hombre, llevándolo al límite de su resistencia física, haciéndole añicos músculos, cartílagos y huesos. Pero, a diferencia de lo que sucede en la guerra, aquí no vale todo. Existen unas reglas que cumplir, que ambos bandos se comprometen a acatar: vencerá aquél que consiga introducir más veces el balón entre los tres palos de la portería contraria, recurriendo a todas las armas de que disponga (pase, triangulación, entrada por banda, salto, amago, quiebro, regate, bicicleta, remate, disparo de lejos, vaselina, chilena, ruleta, taconazo, presión, robo, posesión prolongada, contraataque), quedando prohibido el toque del balón con las manos excepto para el portero y los saques de banda, así como los agarrones, las zancadillas, las patadas, los codazos y otras acciones violentas; el jugador que opte por incurrir en estas transgresiones puede ser penalizado con una advertencia y, a la segunda, debe abandonar el terreno de juego, dejando a su equipo en inferioridad numérica.


Al final, el equipo que haya conseguido aquel único objetivo, habrá acreditado ser el mejor. En un mundo en el que la mayoría de la gente aspira como máximo a competir por ver quién bebe más o se desparrama más horas en el sofá para ver cómodas mentiras en la caja tonta mientras se atiborra de chocolate; en un mundo en el que los aprobados se regalan a mansalva, sobre todo en las rebajas de junio, incluso a los alumnos que apenas han asomado la cabeza por el aula, ya que los angelitos estaban demasiado ocupados haciendo nada; en un mundo en el que se mira como a un bicho raro al que pone ilusión, cumple y se esfuerza, mientras se mima ñoñamente al que gime, hace trampa y zanganea; en un mundo, en fin, donde la ley del mínimo esfuerzo, el qué más da y el como sea se han convertido en sacramentos, ¿existe algo más noble y loable que el fútbol?