martes, 7 de diciembre de 2010

CELDA 211


Tres meses esperando en el disco duro de mi iPlus para ser vista en alta definición, y menudo chasco.


Empiezo aclarando que no me parece una mala película, ni mucho menos: el guión es sólido, dentro de su "mentalidad"; la dirección, correcta; el ritmo, bastante trepidante; las interpretaciones, muy plausibles, especialmente la de Luis Tosar (Malamadre), a mi juicio perfecta; el interés no decae en ningún momento...


Hasta que, en el tramo final de la cinta, llega la pifia preceptiva del cine español (porque así es como se maneja nuestro cine patrio, por cánones y preceptos de izquierda quinceañera que lo sumen en la vulgaridad), pifia que uno se iba oliendo casi desde el principio.


Chicos, la vida es una jungla en la que cada cual (preso, funcionario, policía, político) intenta salvar el pellejo como pueda, mostrando para ello su cara más inhumana y cínica: la violencia, la bribonería, el apoyo en la masa sedienta de caos, la traición, la salvaguarda del interés propio en detrimento del inocente...  Todo es mentira (como rezan insistentemente los planos que nos muestran los garabatos dejados por los presos en las paredes de la celda).


Hasta ahí, ninguna objeción. ¿Quién puede negar que el mundo es eso, la lucha por la supervivencia a cualquier precio? La idea hasta se nos antoja excitantemente sincera, aunque no sea la quintaesencia de la originalidad (ya la vimos, por ejemplo, en El Lobo). Lo malo es que, al final, los guionistas (o el autor de la novela, tanto monta...), conscientes de la dureza del mensaje, intentan salvar ese mundo depiadado y, con él, la película y los ingresos, haciendo una esperanzadora salvedad, pero no una cualquiera, que pueda llevar la marca de la casa, no, sino la más remanida y falsaria, aunque no por ello menos previsible.


Esa salvedad se llama amor, pareja, esposa, matrimonio, familia. ¡Oh, qué bonito! ¡Qué conmovedor! De hecho, las escenas entre los dos tortolitos, uno de ellos embarazado (¿quién hubiera tocado nuestra fibra sensible de una manera más sutil, eh?), son el único respiro que se les otorga a los espectadores desencantados ante tamaño desfile de crueldades extramatrimoniales.
 
Las relaciones de pareja, presididas -como todos sabemos- por la sinceridad, la armonía celestial, la paz y el perenne respeto mutuo, suelen abocar a orgasmos. Aquí ese momento cumbre, ese clímax desde hace rato aguardado por el público incondicionalmente adepto al cine español y a las orgías hippies, viene anunciado por la brutal agresión de un policía (representante terrenal del odioso orden, ¡aj!) a la buena de la película (Marta Etura).


Y llega con la salvaje tortura del policía (el malo), con la que se hace carne la justicia poética.


El acervo de mensajes subliminales, tan sutiles ellos, queda -cómo no- rematado por esa mirada empática, casi simpática, al colectivo etarra (véanse, entre otras, Yoyes y El viaje de Arián), representado esta vez por tres presos modélicos, muy finos ellos, que, sin saber cómo, se ven atrapados en una tormenta que ni les va ni les viene.


Argumento típico del subgénero carcelario norteamericano (los delincuentes no son tan malos como quienes sádicamente les privan de la libertad), mensaje aparentemente sacado de una comuna hippy (la brutalidad policial corta el rollo a los santos de los siglos XX y XXI: los ingenuos jóvenes que excepcionalmente hacen el amor) y defensa a ultranza de la única institución social de fiar, la familia... Con películas así, ¿para qué quiere uno cine de Hollywood?

6 de 10, y por el trabajo de Luis Tosar.

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